Docencia

Raúl del Toro. Fotografía: www.txisti.com

En la interpretación musical, como en todo, lo primero es saber qué se quiere hacer, y lo segundo es poder hacerlo.

Querer

Muchas veces las palabras comunes esconden una aguda etimología, oscurecida por el paso del tiempo y la costumbre del uso. Así ocurre con la palabra querer, que deriva del verbo latino quaerere, "buscar". Querer ante todo es buscar. Por lo tanto, se quiere algo que ya existe, o al menos algo que se cree que ya existe. Por otra parte, que yo quiera algo es algo muy distinto de que a mí me apetezca algo.

En la interpretación musical, ¿queremos tomar ciertas decisiones, o nos apetece tomar ciertas decisiones?

A primera vista podemos asociar el querer con la actividad intelectual consciente acerca de la música: el análisis, la documentación histórico-estilística, la observación del contexto en que tiene lugar la interpretación, etc. Frente a todo esto parece alzarse la intuición musical como el me apetece del músico. Según el perfil psicológico o cultural de cada intérprete podrá darse una inclinación natural predominante hacia una u otra de estas dos facetas.

Lo cierto es que en todo músico mínimamente formado tanto la intuición como la decisión reflexiva emergen del conocimiento, sean conceptos o acciones automatizadas. Dicho de otro modo, el me apetece tiene poco valor en sí mismo. Lo interesante es conocer el conocimiento que subyace a la intuición, y que la decisión reflexiva puede confirmar o refutar, enriquecer... o empobrecer. Este equilibrio entre intuición y decisión considero que es uno de los retos más prometedores en la formación de un intérprete.

En el caso del órgano todo esto resulta especialmente interesante por la amplitud cronológica y estilística de nuestro repertorio, y por la riqueza intelectual de reflexiones y aproximaciones interpretativas que se dan al respecto.

Poder

Una vez que se sabe lo se quiere hacer, ya sea por intuición bien formada o por decisión reflexiva, llega el importante momento de hacerlo. Y aquí topamos con nuestro pobre cuerpo mortal: con nuestras neuronas, con nuestros tendones, con nuestros músculos, con nuestros huesos. Este montón de átomos de que constamos es a la vez el cauce y el freno de nuestra libertad. Para todos, sea cual sea el grado de destreza que cada uno posea.

El legendario virtuoso del piano Vladimir Horowitz era capaz de tocar octavas a una velocidad inaccesible para la mayoría de los pianistas. Pero también él tenía un límite, que gustaba rozar en sus actuaciones para mayor emoción del auditorio. Ciertamente el límite de Horowitz con las octavas estaba mucho más allá de lo que cualquier intérprete normal pueda pretender. Pero no dejaba de ser un límite. Es interesante recordar esto a la hora de valorar los límites que a cada uno de nosotros nos impone nuestro cuerpo. No se trata de pretender eliminar el límite, sino de llevarlo lo más lejos que a cada uno le resulte posible, de modo que se liberen más posibilidades para la acción interpretativa.

En este campo se ha producido un enorme avance en el último siglo. El conocimiento de la realidad objetiva del cuerpo humano y de su modo natural y correcto de moverse ofrece grandes posibilidades para la enseñanza de la interpretación musical. Muy especialmente en un instrumento tan variopinto en sus exigencias corporales como el órgano, con su infinita casuística de pedaleros y teclados, altura y posición de bancos, etc.

Dificultades o bloqueos que torturan a muchos intérpretes pueden reducirse o incluso solucionarse mediante el conocimiento de la realidad del cuerpo y su modo de moverse. No se trata de magia, naturalmente. Un mejor uso del cuerpo no convierte a un pianista normal en Horowitz, ni a un organista común en Jeanne Demessieux: no se trata de aspirar a lo que no se es, sino a lo que uno verdaderamente es, conforme a su potencial y capacidad. No más, pero tampoco menos.