Las misas de las bodas son curiosamente una especie de reliquia de lo que antiguamente era la organización de la música en la liturgia. Son casi el único tipo de celebraciones en que se suele utilizar música de algún interés artístico, y por esto mismo constituyen un recuerdo de lo que fue el antiguo mundo de los músicos profesionales al servicio de la Iglesia: organistas, cantores e instrumentistas varios.

Este es el título de una canción que en la parroquia de mi infancia y adolescencia solía ocupar el lugar del introito en las llamadas misas de niños (algún día hablaremos de esta singular aportación psicopedagógica a la Economía de la Salvación). El texto comenzaba así: La misa es una fiesta muy alegre, la misa es una fiesta con Jesús.

En este artículo me voy a referir a un episodio muy concreto, pero que a mi juicio tiene una importancia simbólica no pequeña en el momento actual de la música en la Iglesia.

Un amable lector, seguidor habitual del blog, me ha informado del lío que algunos están montando alrededor de la instalación de un nuevo órgano de tubos en la parroquia de San Jaime y Santa Ana de Benidorm (Alicante). Los trabajos están finalizando y parece que alguien, indignado al conocer el precio de la obra, ha corrido en busca de resonancia a varios medios de comunicación. Uno de los que han respondido a su llamada ha titulado así su reportaje: “Música de lujo en tiempos de crisis”.

El argumento no es muy original: ¿Cómo puede esta parroquia gastar esa cantidad de dinero en un órgano, habiendo tanta gente necesitada que ayudar? De poco ha servido que el párroco insista en que la labor de Cáritas parroquial en estos tiempos no sólo no se ha visto reducida, sino que se ha multiplicado por tres. Tampoco el que no haya ninguna subvención pública por medio -algo realmente exótico en cuestiones culturales-, sino sólo colectas entre los propios feligreses a lo largo de los años.

Lo primero que hay que recordar, aunque no haga falta, es la obviedad de que la asistencia a las personas que lo necesitan es algo absolutamente prioritario en la Iglesia. Aún más:

Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia. (Benedicto XVI, Deus Caritas est, 25).

Por lo tanto, sería un escándalo que una comunidad cristiana abandonase a los pobres para entregarse a otro tipo de gastos menos urgentes. No es desde luego el caso de Benidorm.

Sentado el punto anterior, hay que decir también con toda claridad que el órgano de tubos no es un lujo en la Iglesia. Al menos desde el siglo X es el instrumento tradicional y oficiosamente propio del rito católico latino. Y así fue reconocido en el Concilio Vaticano II (Sacrosanctum Concilium, 120).

Obviamente esta recomendación no supone una obligación. Muchas iglesias, sobre todo modernas, no lo tienen por falta de medios económicos o por falta de interés. Pero cuando una parroquia, una vez cumplida su impostergable misión de ayuda a las personas en dificultades, tiene la posibilidad por el desahogo económico de su feligresía, o por una donación especial, o por la venta de una propiedad, o por cualquier otro medio legítimo, de encargar la construcción de un órgano de tubos para su culto, y así lo decide, no debería haber nada que objetar. Desde luego, nada hay desde la tradición y el magisterio de la Iglesia. Más bien al contrario.

Ciertamente la construcción de un órgano de tubos es costosa. Como lo fue siempre la de tantas catedrales, monasterios, basílicas y parroquias. Como lo fueron tantos sagrarios, cálices, ostensorios, custodias, copones, patenas, templetes, píxides, casullas, incensarios, cuadros, esculturas, frescos, retablos, campanas, vidrieras... No sé si siempre despertaron este género de críticas y referencias a los pobres. Concepto este último, por cierto, que en boca de los que lo suelen evocar en estas situaciones presenta una fisonomía sospechosamente abstracta.

En todo caso hay que tener en cuenta que el elevado precio de un órgano de tubos no se debe a que esté fabricado con materiales lujosos, sino a que su construcción supone el trabajo durante años de todo un equipo de artesanos. El dinero que los feligreses de esta parroquia de Benidorm han reunido no se lo va a llevar ningún traficante de objetos preciosos: entre otras cosas es el sustento de los trabajadores y sus familias durante el tiempo que ha supuesto la construcción del instrumento. Me imagino que aquí, además de los sueldos, estarán incluidos los impuestos correspondientes como el IVA, el IRPF o las cotizaciones a la Seguridad Social. Dinero, por cierto, que los feligreses de esta parroquia también han sacado de su bolsillo y que entrará religiosamente en las arcas del Estado, exhaustas a día de hoy como todo el mundo sabe.

Dado que una de las notas del pensamiento dominante es la insuficiencia lógica, no ha tardado en aflorar la consabida simplificación oponiendo esta vez los emolumentos de los organeros a la labor de Cáritas. Parece que, en la opinión de ciertos filántropos a distancia, lo justo y cristiano sería que todas las parroquias con margen económico abandonaran una tradición de 1000 años y renunciaran a encargar la construcción de órganos de tubos. De este modo los organeros, en vez de seguir manteniendo a sus familias mediante este milenario oficio -que viene atravesando los siglos sobre todo al calor del culto cristiano- quedarían en paro y tendrían que sumarse a la misma lista de asistidos por Cáritas. Ciertamente hay algunos que quieren tanto a los pobres que no dejarían de producirlos.

Las críticas a iniciativas como la de San Jaime de Bernidorm suelen venir principalmente desde dos campos. Unos son los que critican a la Iglesia siempre, haga lo que haga. Si hay un problema en la conservación de su patrimonio artístico (como en el caso del Codex Calixtinus) es que la Iglesia no está a la altura, y hay que expropiarle todo para que sea el Estado quien garantice su seguridad. Pero cuando desde la Iglesia surgen iniciativas en beneficio de este mismo patrimonio artístico, entonces es que la Iglesia se ocupa de lujos, abandona la sencillez de Jesús de Nazaret, etc. Vamos, nada nuevo ni de especial interés.

Pero también hay un problema dentro de la Iglesia. Es la pérdida del sentido de lo bello. Y no cabría hablar aquí de un sensus fidei. Cuando la fides pasa por horas tan bajas no hay lugar para ningún sensus. Mi amable comunicante me lo describía bien:

Ni la auto-financiación del proyecto del órgano, ni el hecho de que Cáritas no se ha visto afectada por el mismo, han logrado acallar esas voces melifluas, tan semejantes a la de Judas Iscariote, cuando se quejaba del precio del perfume derramado sobre Jesús.

Esta extraña mezcla de racionalismo, catarismo, maniqueísmo, marcionismo e iconoclastia que arrasó tantas cosas en los años posteriores al Concilio Vaticano II no ha cesado aún en su ola destructora. Es esta patología reciente la que hace incomprensible para no pocos católicos actuales el torrente de belleza que ha engendrado la liturgia de la Iglesia a través de los siglos, y que se concreta en arquitectura, pintura, escultura, música... y órganos.

Por eso, de todo este incidente que acabo de conocer, lo que más me preocupa es esta frase que he leído en un periódico al hacerse eco del asunto de Benidorm:

(...) este instrumento, ideado principalmente para conciertos debido a su complejidad pero que también podrá utilizarse para la liturgia (...)

El uso principal del órgano en las iglesias debe ser la liturgia. Es el espacio que ha permitido su incomparable desarrollo técnico a lo largo de la historia, es la función que ha propiciado la mayor y mejor parte de su repertorio, y es el contexto en que el órgano de tubos encuentra la plenitud de su significación meta-musical y teológica. Reducir el futuro de los órganos de las iglesias a los conciertos y audiciones puntuales que se puedan organizar es dejar el terreno preparado para incomprensiones como la sufrida por el nuevo órgano de San Jaime de Benidorm. Y es además una ruptura total con la tradición de la Iglesia, no muy lejana en este punto a la de los calvinistas del siglo XVI.

Publicado originalmente en el blog Con arpa de diez cuerdas, del portal InfoCatólica.

No es desconocido el gran interés que Benedicto XVI ha mostrado siempre respecto a la música sacra, así como las severas críticas que desde sus tiempos de cardenal ha vertido respecto al pésimo estado en que ha quedado sumida a música litúrgica católica en las últimas décadas.

Quiero traer aquí el discurso que dirigió el pasado sábado 10 de noviembre a los asistentes al congreso de Scholae Cantorum, organizado por la asociación italiana Santa Cecilia. Me apoyaré para ello en la traducción española elaborada por H. Sergio Mora para Zenit, introduciendo a lo largo del texto diversos comentarios.

En esta alocución el Papa no sólo ha recordado una vez más los principios fundamentales que deben guiar a la música sacra, sino que ha introducido la cuestión en el más amplio ámbito del Año de la Fe:

Este congreso se ubica intencionalmente en ocasión del 50º aniversario del Concilio Vaticano II. Y con satisfacción he visto que la Asociación Santa Cecilia quiso así llamar vuestra atención a la enseñanza de la Constitución Conciliar sobre la liturgia, particularmente allí -en el sexto capítulo- que trata sobre la música sacra.

En este aniversario, como ustedes bien saben, he querido para toda la Iglesia un Año de la Fe especial, con el fin de promover entre todos los bautizados la profundización de la fe y el compromiso común de una nueva evangelización.

Por lo tanto, al encontrarles me gustaría destacar brevemente que la música sacra puede, sobre todo, promover la fe y también colaborar en la nueva evangelización.

Esta última idea es especialmente interesante por cuanto desmiente un prejuicio bastante extendido en estos últimos años que ha llevado a desconfiar de la belleza musical en la liturgia, mirándola de soslayo como a una especie de agente doble cuyo natural atractivo para la sensibilidad humana amenaza de continuo con desviar la atención de los fieles. Consecuencia de esto es que una grandísima parte de la música litúrgica nacida y utilizada en el culto católico durante siglos es ahora rechazada como música de concierto por no pocos católicos, víctimas de la muy deficiente pastoral que a este respecto ha prevalecido durante tantos años. Hay que decir que esta desviación, como tantas otras, tiene su origen en plumas teológicas muy ilustres.

En todo caso, y dejando aparte los excesos que naturalmente se han dado a lo largo de la historia y que era necesario corregir, tal planteamiento supone en su radicalidad una ruptura con la tradición de la Iglesia, y una triste aproximación a las fobias de calvinistas y puritanos ingleses durante el siglo XVI.

No se puede ocultar sin embargo que la influencia de la música sobre el alma en oración ha sido objeto de reflexión desde antiguo. Benedicto XVI no olvida referirse a San Agustín, una de las voces decisivas en esta cuestión:

Sobre la fe, es natural pensar en el caso personal de san Agustín -uno de los grandes Padres de la Iglesia, que vivió entre el cuarto y el quinto siglo después de Cristo- a cuya conversión contribuyó significativamente y sin lugar a dudas, el haber escuchado el canto de los salmos, con himnos y liturgias presididas por san Ambrosio.

Si bien de hecho la fe nace del escuchar la Palabra de Dios –hay que escuchar por supuesto no sólo con los sentidos, sino hacer que de los sentidos pase a la mente y al corazón- no hay duda que la música y en particular el canto, pueden conferir a la recitación de los salmos y cánticos bíblicos mayor fuerza comunicativa.

Entre los carismas de san Ambrosio figuraba justamente una gran sensibilidad y capacidad musical, y él una vez ordenado obispo de Milán, puso este don al servicio de la fe y de la evangelización.

El testimonio de san Agustín, que en ese momento era profesor en Milán y buscaba a Dios, buscaba la fe, en este sentido es muy significativo. En el libro X de las Confesiones, su autobiografía, él escribe: "Cuando me vienen en mente las lágrimas que los cantos de la Iglesia me arrancaron a los inicios de mi fe reconquistada, y la conmoción que aún hoy me suscita no sólo el canto, sino también las palabras cantadas, si cantadas con una voz clara y con la debida modulación, reconozco de nuevo la gran utilidad de esta práctica" (33, 50).

La experiencia de los himnos ambrosianos era tan fuerte que Agustín los llevó grabados en la memoria y los citó a menudo en sus obras. Más aún, escribió una obra sobre música, De Musica.

San Agustín era un hombre de gran sensibilidad musical, y las dudas sobre el efecto que la belleza de la música podía producir en su alma durante la oración litúrgica fueron de una intensidad terrible. Finalmente, sin haber alcanzado una completa certeza, se inclinó favorablemente:

Él afirma que no aprueba durante la liturgia cantada la búsqueda de un mero placer sensible, si bien reconoce que la música y el canto bien hechos pueden ayudar a acoger la Palabra de Dios y a probar una emoción saludable.

A partir de entonces, y conforme el nuevo mundo cristiano se va purificando del viejo paganismo, la relación con la belleza creada va siendo cada vez más confiada. Así, el paso que dolorosamente acertó a dar San Agustín abrió el camino a que la liturgia de la Iglesia asumiera definitivamente y en sus justos términos el arte de la música:

Este testimonio de san Agustín nos ayuda a entender cómo la constitución Sacrosanctum Concilium, en línea con la tradición de la Iglesia, enseña que "el canto sacro unido a las palabras es parte necesaria e integrante de la liturgia solemne" (n º 112 ).

¿Por qué es "necesaria e integrante"? Ciertamente no por razones puramente estéticas, en un sentido superficial, sino porque coopera justamente debido a su belleza, para nutrir y expresar la fe y por lo tanto a la gloria de Dios y a la santificación de los fieles, que es la finalidad de la música sagrada (cf. ibid.).

Precisamente por este motivo, me gustaría darles las gracias por los valiosos servicios proporcionados: la música interpretada no es un accesorio, o simplemente un adorno externo de la liturgia, sino la liturgia misma.

Ustedes ayudan a la asamblea a alabar a Dios, y a hacer descender su palabra en lo profundo del corazón: con el canto rezan y hacen rezar, y participan en el canto y la oración de la liturgia, que abarca toda la creación para glorificar al Creador.

Una vez tratada la relación de la música sacra con fe y con la participación en la oración litúrgica, Benedicto XVI pasa a su utilidad en el marco de la nueva evangelización:

El segundo aspecto que propongo a vuestra consideración es la relación existente entre la música sacra y la nueva evangelización. La constitución conciliar sobre la liturgia recuerda la importancia de la música sacra en la misión ad gentes, e insta a potenciar las tradiciones musicales de los pueblos (cf. n. 119).

También y justamente en los países de antigua evangelización, como Italia, la música sacra -con su gran tradición que le es propia y que constituye nuestra cultura- puede realizar una tarea importante para favorecer el redescubrimiento de Dios, un nuevo acercamiento al mensaje cristiano y a los misterios de la fe.

Es muy interesante que el Papa recuerde que la tradición y cultura musical propias del Occidente cristiano de cara a la liturgia hay que buscarlas en el inmenso tesoro de su música sacra. Curiosamente esas orientaciones del Concilio movieron en su día a muchos católicos occidentales a despreciar su propia tradición para orientarse con no siempre proporcionado afán hacia lenguajes culturales ajenos.

Más aún: entre nosotros ha habido una alienación todavía más paradójica. La gloriosísima tradición musical del catolicismo español fue arrojada al desván de los trastos viejos para dar paso a unas novedosas tradiciones étnico-litúrgicas: las misas regionales. Así, tenemos la misa navarra en la tierra de José de Vaquedano y Miguel de Irízar, la misa baturra en la tierra aragonesa de Melchor Robledo y Sebastián Aguilera de Heredia, o la misa rociera en el solar andaluz de grandiosos polifonistas como Cristóbal de Morales o Francisco Guerrero. Algo parecido puede decirse respecto a Hispanoamérica, que contó desde el principio de su evangelización con buenos músicos al servicio de la liturgia.

Además de la apelación a la solidez y autenticidad de la propia tradición, Benedicto XVI recordó el profundo efecto que la belleza musical de la liturgia católica ha producido en muchas personas, acercándolas a la fe:

Pensemos en la famosa experiencia de Paul Claudel, el poeta francés, que se convirtió al escuchar el canto del Magnificat durante las Vísperas de Navidad en la catedral de Notre-Dame de París: "En ese momento –escribe - ocurrió un evento que dominó toda mi vida. En un instante, mi corazón fue tocado y creí. Creí con una fuerza de adhesión tan grande, con un tal elevamiento de todo mi ser, con una convicción tan poderosa, con una certeza que no dejaba lugar a ninguna especie de duda. Y desde entonces ningún razonamiento, ninguna circunstancia de mi agitada vida ha podido sacudir mi fe ni tocarla”.

Y sin necesidad de incomodar a personajes famosos, pensemos cuántas personas fueron tocadas en lo profundo del alma escuchando música sacra; y más aún cuanto han sido atraídos nuevamente hacia Dios, debido a la belleza de la música litúrgica, como Claudel.

¿Alguien cree que alguna persona sensible puede experimentar algo así al entrar por casualidad en muchas celebraciones litúrgicas actuales? Yo lo dudo mucho. En lo musical -y muchas veces no sólo en lo musical- demasiadas iglesias católicas actuales son foros de fealdad, incapaces de transmitir por los medios naturales creados nada de la belleza y la alegría de Dios. Sabemos que el Espíritu Santo lo puede todo, pero no es cuestión de ponerle tantos obstáculos. Benedicto XVI tiene muy claro el diagnóstico y la receta adecuada:

Y aquí, queridos amigos, ustedes tiene un papel importante: empéñense por mejorar la calidad del canto litúrgico, sin temor de recuperar y valorizar la gran tradición musical de la Iglesia, que en el canto gregoriano y la polifonía tiene sus dos mayores expresiones, como afirmó el Concilio Vaticano II (cf. Sacrosanctum Concilium, 116).

Una vez más lo hemos oído. Es el magisterio de siempre, es la letra y el espíritu del Concilio Vaticano II, es la enseñanza de los Papas, es la verdadera tradición de la Iglesia Católica. Y como el Papa conoce perfectamente cuáles son los palos que impiden a la rueda litúrgico-musical de la Iglesia girar con la debida libertad, corrige un malentendido fundamental y muy extendido:

La participación activa de todo el Pueblo de Dios en la liturgia no consiste sólo en hablar, sino también en escuchar, acoger con los sentidos y con el espíritu la Palabra, y esto vale también para la música sacra. Ustedes que tienen el don del canto, pueden hacer cantar a los corazones de mucha gente durante las celebraciones litúrgicas.

Las palabras finales no tienen desperdicio:

Queridos amigos, espero que en Italia la música litúrgica tienda cada vez más alto, para alabar dignamente al Señor y para mostrar cómo la Iglesia es el lugar donde la belleza es de casa.

No se podría decir mejor: la Iglesia es el lugar donde la belleza es de casa, la Iglesia es el hogar de la belleza, la belleza ha de ser lo propio de la Iglesia. En la música y en todo lo demás.

Publicado originalmente en el blog Con arpa de diez cuerdas, del portal InfoCatólica.

El órgano de tubos es el instrumento propio del culto cristiano occidental. En el imaginario colectivo su sonido está asociado inconfundiblemente a lo sagrado, a lo sobrehumano. Es curioso que en ausencia de un contexto religioso el sonido del órgano aparezca, por ejemplo en el cine, como ambientación musical de fantasmas, misterios y oscuridades. Para muchas personas el comienzo de la famosa Toccata en re menor de Bach trae a colación casi inmediata al conde Drácula surgiendo del ataúd. A mi juicio esta visión tenebrista del órgano participa de la misma mala uva por la que la cultura moderna, desde la Ilustración, pretende siempre cubrir de paños lúgubres a todo lo relacionado con el cristianismo.

Más allá de esto, es claro que el órgano se ha desarrollado en tamaño y complejidad más que ningún otro instrumento musical, a lo largo de un proceso sostenido y animado mayormente por su función en el culto religioso cristiano, primero en la Iglesia Católica de rito latino y después también en las diferentes confesiones protestantes surgidas de los cismas del siglo XVI.

Los testimonios conservados indican que el órgano fue inventado en el siglo III antes de Cristo por Ktesibio de Alejandría. Es por tanto un fruto de la ciencia griega. Después de varios siglos de existencia en el mundo helénico el órgano llegó a la ciudad de Roma a mediados del s. I. Obviamente en esos momentos carecía por completo del significado sacro que adquirió con posterioridad. Difería también de los órganos actuales en que el aire era empujado hacia los tubos no con un fuelle, como ahora, sino por la presión del agua ubicada en una campana. Por eso era llamado hydraulos.

Suetonio nos informa de la gran afición del emperador Nerón por la música en general y por el órgano en particular. Poseía una colección ejemplares que gustaba exhibir tras las reuniones con sus consejeros. En el Imperio Romano el órgano se usaba en las fiestas, en el teatro y en los circos. Algunas representaciones iconográficas sugieren que también era conocido en casas de gente adinerada.

En general, los primeros autores cristianos mencionan el órgano solamente para extraer de su complejo y eficaz mecanismo símbolos edificantes.

Orígenes, comentando el salmo 40, compara los diferentes instrumentos con aspectos espirituales y dice: “el órgano es la Iglesia de Dios, que comprende las almas contemplativas y las activas”.

Tenemos un texto de Teodoreto, obispo de Ciro (ca. 393-ca. 466), que compara el órgano con la lengua humana:

En efecto, este órgano (la lengua) se parece al instrumento con tubos de bronce que, usando el aire suministrado por unos fuelles, produce, gracias a los dedos del artista, estos armoniosos sonidos que todos conocemos (...). El arte ha aprendido de la naturaleza el ingenioso proceso de crear esta deliciosa música (...). Mirad cómo el pulmón funciona del mismo modo que los fuelles, comprimiéndose y dilatándose, no por el pie del hombre, sino por los músculos alrededor del tórax. (...) Entonces el cerebro (...) empuja el aliento hacia los dientes, como el aire es empujado hacia los tubos de bronce (...) y así la lira, la cítara y el instrumento de tubos de bronce son capaces de, mediante el uso del aire o el toque de los dedos, dar lugar a un rítmico y agradable son. Pero la voz modulada sólo puede ser producida por el órgano que acabamos de describir.

A ojos de la Iglesia el órgano seguía muy asociado a los lujos domésticos del paganismo romano. En el año 454 Sidonio Apolinario, obispo de Auvergne, elogiaba al rey visigodo Teodorico II por la sencillez de sus costumbres: en su mesa los platos son similares a los de cualquier otro ciudadano, y “las estancias nunca resuenan con los órganos hidráulicos”.

Los estudiosos han observado en Occidente un periodo de silencio respecto al órgano a partir de la deposición del último emperador en el 476. Los pueblos bárbaros que fueron conquistando el imperio occidental no parecían demostrar inicialmente mucho interés por la música. Eso sí, el órgano como sofisticación de la civilización grecorromana no dejó de cautivar a los bárbaros sensibles. En el 507 el rey ostrogodo Teodorico el Grande escribe a Boecio, su magister officiorum, expresándole su admiración ante el funcionamiento del hydraulos pese a no comprender del todo su complicado mecanismo.

En estos siglos de silencio organístico europeo destaca la alusión al órgano que poco antes del 630 hace San Isidoro de Sevilla en el libro tercero de sus Etimologías, pero viendo el predominio de referencias griegas no parece poder inferirse que fuese un instrumento frecuente en la Hispania de aquellos días.

Hay un par de testimonios que atribuyen a San Vitaliano, papa entre 657 y 672, la introducción del órgano en la liturgia de la Iglesia. Se trata de sendos textos de Platina, prefecto de la Biblioteca Vaticana con Sixto IV, y de su contemporáneo el poeta Battista de Mantua. Ambos datan de una fecha mucho más tardía (hacia 1480) y dicen basarse exclusivamente en una tradición, por lo que sus relatos tampoco gozan de mucha credibilidad.

 

Publicado originalmente en el blog Con arpa de diez cuerdas, del portal InfoCatólica.

Hace cierto tiempo que tenía pensado dedicar un artículo a la música de Valiván, que he conocido recientemente. Aprovechando que Infocatólica presenta hoy un artículo dando a conocer la labor de esta iniciativa he considerado oportuno retrasar un poco el siguiente artículo que tenía previsto, segundo de la serie sobre la introducción del órgano de tubos en la liturgia de la Iglesia, y hablar aunque sea un poco sobre la música de Valiván.

Valiván es una empresa familiar que se dedica a crear productos audiovisuales de contenido cristiano. En mi casa los tenemos desde hace algún tiempo haciendo las delicias de los pequeños. El trabajo de Valiván me merece la mejor de las opiniones y creo que merecería una medalla aunque sólo fuera por esta frase de su web:

Queremos que la Iglesia ame su tradición artística y no se acompleje de su pasado, pues nos hemos arrinconado en un modernismo sin raíces, como si el Espíritu sólo hubiera soplado a partir del último Concilio.

A mi juicio este es uno de los aspectos más interesantes de su línea de trabajo. Orientan su trabajo hacia los niños sin caer en la simplonería de la que adolecen tantos productos en este campo. Buscan y consiguen transmitir los contenidos de la fe católica de modo comprensible y atractivo para los niños, pero sin dejarse ahogar en el mal gusto y la orfandad cultural en que suelen naufragar los que pretenden amortiguar la reciedumbre del Evangelio con el turbio celofán de la actual cultura de masas.

Esta es también la nota predominante en sus canciones. En cuanto a la letras, basten unos pocos ejemplos:

¿Alguien habría imaginado que el texto de una pieza musical recogida en un libro del siglo XVI titulado “Villancicos de diversos autores, a dos, y a tres, y a quatro, y a cinco bozes, agora nuevamente corregidos. Ay mas ocho tonos de Canto llano, y ocho tonos de Canto de Organo para que puedan aprovechar los que a cantar començaren” sería utilizado por alguien para componer una canción destinada a los niños del siglo XXI? Pues es el caso del villancico No la debemos dormir de Fray Ambrosio de Montesinos, poeta de la corte de los Reyes Católicos, cuyo texto es utilizado en una de las canciones del CD de canciones de Navidad preparado por Valiván.

Lo mismo cabe decir del Eres niño y has amor con letra de Fray Íñigo de Mendoza (1425-1507), del Zagalejo de perlas sobre el famoso texto de Lope de Vega, o de los varios himnos de la Liturgia de las Horas que también son musicalizados en el disco. Es decir, alimento fuerte y sano para el espíritu, nada que ver con esa severísima dieta de abstinencia intelectual que, de la mano de ciertas opiniones pedagógicas muy de progreso y muy a la moda, viene debilitando el desarrollo cultural de los niños desde hace décadas, con las consecuencias conocidas.

También la música responde bien a este saludable planteamiento. No es ni pretende ser música litúrgica, por lo que no hay lugar aquí para las observaciones habituales en este blog sobre la inspiración en el canto gregoriano, el uso del método polifónico o las indicaciones de San Pío X y de la Sacrosanctum Concilium. Pero aun así el buen instinto del compositor le ha llevado a conectar con la buena tradición histórica de la música popular.

Efectivamente, siempre ha existido un estilo de música popular, sencillo, ligero y accesible. Cuando los criterios sobre la música litúrgica estaban bastante más claros que ahora se distinguía con naturalidad del estilo eclesiástico, en el que la bondad de formas y la cualidad de verdadero arte se traducían continuamente en composiciones artísticas suficientemente elaboradas conforme a la destreza del oficio, primicias de la capacidad musical humana que debían ofrendarse en el culto divino.

Esa buena y noble música popular, cuyo rastro ha sido fácil seguir en ciertas regiones hasta casi mediado el siglo XX, bebía de las mismas fuentes que el canto gregoriano y aparecía como una rama más del árbol musical de la Cristiandad europea: profundo en sus raíces, robusto en la línea troncal de su crecimiento, armónico en el despliegue de su ramaje y de una fertilidad inigualada en sus frutos.

Con esta buena y verdadera tradición es con la que conecta la música de Jaime Olguín, el compositor de Valiván, quien muy acertadamente se ha desentendido de los tópicos musicales de esa embrutecida industria sonora en que abrevan la sociedades de consumo de la postmodernidad. Fardo del que, por desgracia, no han querido o no han podido zafarse otros ambientes musicales del catolicismo actual: ya sea la desventurada floración de canciones paralitúrgicas del postconcilio, o tantas actividades lúdicas y pedagógicas en colegios, catequesis y grupos juveniles. Dios quiera que cunda el ejemplo.

Publicado originalmente en el blog Con arpa de diez cuerdas, del portal InfoCatólica.

Siempre me ha gustado mucho la “misa del gallo”. El sonido de las campanas en mitad de la noche me parece una gloriosa provocación a las rutinas del mundo, un signo de algo tan importante como para quebrar el silencio general. Lo mismo cuando las campanas acompañan desde la torre el Gloria in excelsis Deo de la Vigilia Pascual. Dos signos para dos noches muy importantes.

El próximo 1 de enero, octava de la Navidad y solemnidad de Santa María Madre de Dios, correspondía antiguamente a la festividad de la Circuncisión del Señor. Para este día compuso el gran polifonista Tomás Luis de Victoria (1548-1611) su motete O magnum mysterium.

Así como el pasado 1 de enero traje al blog el precioso motete O magnum mysterium, compuesto por Tomás Luis de Victoria para la festividad de la Circuncisión del Señor que en el rito tradicional corresponde a ese día, quiero hacer algo similar en estas vísperas de la Epifanía. Propongo a los lectores la escucha y el disfrute de la villanesca Juyzios sobre una estrella de Francisco Guerrero, maestro de capilla de la catedral de Sevilla durante el siglo XVI. Esta bella composición fue publicada en 1589 en Venecia por su autor dentro de la colección llamada Canciones y villanescas espirituales.

Estamos ya en las últimas horas del pontificado de Benedicto XVI. Como es de justicia se han multiplicado los agradecimientos hacia su persona. Dada la especial cercanía del papa a la música y a la liturgia no podía dejar de sumarse a los mismos el blog Con arpa de diez cuerdas.

  • El movimiento de reforma de la música religiosa (II): Europa

    • Raúl del Toro 06.03.2020 11:30
      Muchas gracias, Gerardo, por su visita y por su amable comentario.
       
    • Gerardo A. Tovar 05.03.2020 23:38
      Felicidades, maestro. Su trabajo es una luz en medio de la oscuridad.
       
    • RaúldelT 03.03.2020 21:55
      Hola, Miguel. Muchas gracias por su comentario. Un saludo desde este lado del océano.
       
    • Miguel P. Juárez 03.03.2020 18:52
      Excelente investigación del maestro Raúl del Toro