Como acto conmemorativo de la instrucción Musicam Sacram (1967-2017), han tenido lugar recientemente en Santander las Jornadas Nacionales de Liturgia sobre Música Sagrada, organizadas por la Comisión Episcopal de Liturgia. Seguramente se ha tratado de uno de los acontecimientos más importantes para la música sacra de cuantos han ocurrido en España desde la reforma litúrgica de Pablo VI. Es de esperar que vayan surgiendo frutos que puedan verse en un futuro más o menos próximo.

En el vídeo siguiente puede verse la exposición de sus conclusiones finales:

[video:youtube:SU4c1qA2RHM]

También en estas jornadas se presentaron los resultados de la encuesta efectuada recientemente sobre el estado de la música litúrgica en España, a la que hice referencia en este artículo anterior. En este enlace pueden verse los gráficos de los principales resultados, y en el vídeo siguiente la presentación de los mismos con los interesantes comentarios al respecto por parte de D. Óscar Valado, responsable de Música del secretariado de la Comisión Episcopal de Liturgia:

[video:youtube:lZi-ABzsOrY]

Habrán podido observar la llamativa diferencia entre lo que se sabe o se cree que hay que hacer, y lo que en la práctica se hace. No es cosa menor el que, al menos, exista la conciencia entre los encuestados sobre qué es lo que se debe hacer, aunque no se haga. Sabemos bien que el ser precede al obrar, del mismo modo que el entendimiento precede a la voluntad, a la que debe mostrar el bien que ha de ponerse por obra. No está en las manos de quien esto escribe remediar las voluntades remisas o vacilantes en lo que a música litúrgica se refiere. Pero sí es posible tratar de fortalecer los entendimientos, recordando una vez más qué es lo que se debe hacer en materia de música litúrgica, y quién lo debe hacer. Dedicaré a ello varios artículos. En este primero me propongo trazar una introducción general a la cuestión, reservando para más adelante la exposición exacta de los criterios vigentes a día de hoy.

Recuérdense, para empezar, un par de referencias de la Constitución Sacrosanctum Concilium a los ministerios litúrgicos, incluidos los musicales:

SC 28: En las celebraciones litúrgicas, cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas.

SC 29: Los acólitos, lectores, comentadores y cuantos pertenecen a la Schola Cantorum, desempeñan un auténtico ministerio litúrgico. Ejerzan, por tanto, su oficio con la sincera piedad y orden que convienen a tan gran ministerio y les exige con razón el Pueblo de Dios. Con ese fin es preciso que cada uno, a su manera, esté profundamente penetrado del espíritu de la Liturgia y sea instruido para cumplir su función debida y ordenadamente.

Referencias en la Sagrada Escritura y los Padres de la Iglesia

Encontramos pasajes interesantes ya en el Antiguo Testamento:

Cuatro mil eran porteros y cuatro mil alababan al Señor con los instrumentos que David había fabricado para la alabanza. (1 Crónicas 23, 5)

David y los jefes del ejército separaron para el culto a los hijos de Asaf, Hemán y Yedutún, para que profetizaran al son de cítaras, arpas y platillos. (Más adelante especifica aún más). (1 Crónicas 25, 1)

Su número, incluyendo el de sus parientes, era de doscientos ochenta y ocho; estaban instruidos en el canto del Señor; todos ellos eran maestros. (1 Crónicas 25, 7)

¿Qué inferimos de aquí? Primero, la existencia de unos ministerios específicos dedicados a la música. Según lo que se lee aquí, no era todo el pueblo el encargado de alabar a Dios con la música, sino los que David había separado. Este carácter específico se acentúa aún más cuando se concreta incluso su número. Y segundo, también se infiere un cierto carácter “profesional” y especializado, por requerirse una cierta formación: estaban instruidos en el canto del Señor, y todos ellos eran maestros.

Esta asociación de la música a un ministerio determinado también aparece en el Nuevo Testamento:

Cuando os reunís, uno tiene un salmo, otro tiene una enseñanza, otro tiene una revelación, otro tiene don de lenguas, otro tiene una interpretación, hágase todo para edificación. (1 Corintios 14, 26)

Y esta misma concepción continúa en los Padres de la Iglesia. San Jerónimo (s. IV-V), en su comentario del pasaje paulino “cantad y tocad con toda el alma para el Señor” (Ef. 5, 19), se queja de que los cantores litúrgicos estaban con frecuencia lejos de esta actitud. Y comienza su alusión con estas palabras: Audiant hi quibus psallendi in ecclesia officium est, “que lo oigan aquellos que en la iglesia tienen la función de cantar salmos”. Vemos por tanto que el canto litúrgico de los salmos también era aquí un ministerio específico, competencia de unas personas determinadas.

Años más tarde San Gregorio (s. VI) testimonia en la misma dirección. Al parecer se había establecido la costumbre de que los diáconos fueran elegidos más por su buena voz que por su virtud. Para corregir esto San Gregorio ordena que en adelante los diáconos no canten, y que se limiten a la proclamación del Evangelio, derivando la función de cantar a los subdiáconos y las órdenes menores. De este modo, al separar el ministerio del canto del servicio del altar cobra mayor importancia la Schola Cantorum, el grupo de cantores especializados en esta función. Esto tendrá una influencia decisiva en el desarrollo del canto litúrgico latino, que al cabo de unos años cristalizará en el canto gregoriano. San Gregorio muestra por una parte que existía ya un ministerio del canto, y por otra la preocupación espiritual por el mismo que ya hemos encontrado en San Jerónimo.

Fuera del canto, a comienzos del siglo X el órgano ya ha sido aceptado por la Iglesia en Occidente como instrumento propiamente litúrgico. Y en el año 972 encontramos una referencia muy precisa al ministerio del canto y al nuevo ministerio del organista. Al respecto de la consagración de la iglesia del monasterio de San Benito de Bages, en la diócesis de Vich leemos:

Los sacerdotes y los diáconos cantaban gozosamente sus plegarias a Dios; y cerca de la entrada el órgano vertía la música que podía oírse desde lejos, rogando y bendiciendo al Señor.

El gran órgano se consolida definitivamente como el instrumento propio de la iglesia, y prácticamente el único dentro de ella. El Livre des Proprietés et des Choses, traducción francesa de un texto latino de la primera mitad del siglo XIII, dice del órgano:

De este instrumento hace comúnmente uso la Santa Iglesia, y no de otros.

Hacia comienzos del s. XIV el español Fray Juan Gil de Zamora confirma esto y detalla algo más:

La Iglesia usa sólo este instrumento musical para sus varios cantos, secuencias e himnos; todos los demás instrumentos han sido abolidos porque habían sido objeto de abuso por los histriones.

Esta tradición se consolida plenamente y es recogida por el Caeremoniale Episcoporum desde su promulgación por Clemente VIII en 1600:

Conviene que intervenga el órgano y “el canto de los músicos” en la liturgia de los domingos y fiestas.

Musicam Sacram (1967)

Cuando apareció la instrucción Musicam sacram no había sido promulgado todavía el Novus Ordo Missae de Pablo VI, pero a día de hoy se mantiene como uno de los documentos más importantes en lo que respecta a la música litúrgica de la reforma postconciliar. Encontramos varias orientaciones generales:

Nº 5: espíritu de colaboración entre los diversos ministerios bajo la dirección del rector de la iglesia.

Nº 6: el grado más importante no corresponde a los ministros, sino al diálogo celebrante-asamblea.

Nº 11: Hay que seleccionar a las personas más competentes musicalmente.

Nº 11: La mayor solemnidad no puede pasar por omitir, cambiar o realizar indebidamente ninguna parte de la liturgia.

La función del canto: actores

El celebrante o preste lógicamente es la figura principal. Por su parte, el diácono tiene intervenciones propias como la proclamación cantada del Evangelio, el pregón Pascual o el Ite missa est.

La figura actual del “animador del canto” no tiene precedentes claros en la tradición litúrgica, ya que el pueblo no parece haber tenido nunca una participación tan amplia en el canto como pide la actual normativa litúrgica, al menos desde que el rito romano alcanzó su madurez en la época de San Gregorio.

Musicam Sacram establece en su nº 21:

Procúrese, sobre todo allí donde no haya posibilidad de formar ni siquiera un coro pequeño, que haya al menos uno o dos cantores bien formados que puedan ejecutar algunos cantos más sencillos con participación del pueblo y, dirigir y sostener oportunamente a los mismos fieles.

Este cantor debe existir también en las iglesias que cuentan con un coro, en previsión de las celebraciones en las que dicho coro no pueda intervenir y que, sin embargo, hayan de realizarse con alguna solemnidad y, por tanto, con canto.

Hay que observar que las funciones asamblea/coro están un tanto mezcladas en esta redacción. Si el animador del canto es la máxima autoridad musical en el lugar, debe saber qué corresponde cantar a la asamblea, para no embarcarla en aventuras desviadas e improductivas. Este sería el caso, por ejemplo, de empeñarse a toda costa en cantos genéricos de entrada, ofertorio o comunión, si antes la asamblea no es capaz de asumir las partes que tienen prioridad para el canto, que son las de texto fijo: los diálogos con el celebrante y el Ordinario de la Misa, y después la respuesta al salmo interleccional.

Para esto debe conocer y seguir lo que establece Sacrosanctum Concilium en su nº 54, y mantiene la Instrucción General del Misal Romano en su nº 41:

Procúrese, sin embargo, que los fieles sean capaces también de recitar o cantar juntos en latín las partes del ordinario de la Misa que les corresponden.

En el plano técnico-musical es de desear, aunque no es imprescindible, que el "animador del canto" esté dotado de una buena voz y/o técnica vocal. Más importante es que sepa escoger el tono adecuado a la asamblea. Debido a la desaparición del canto como manifestación popular en nuestras sociedades tecnificadas, la falta de habilidad básica en este campo hace que muchas personas no se atrevan a cantar, o si lo hacen sea en tonos anormalmente bajos. Estas entonaciones graves producen una sensación de más seguridad en la persona, aún a costa de contradecir a las condiciones fisiológicas habituales del aparato fonador.

También deberá saber emplear gestos básicos del brazo y la mano para ejercer su función.

Ha de ser consciente de que su papel es totalmente secundario en la acción litúrgica. No debe usar el ambón, sino un atril de menor importancia. También conviene que se aparte u oculte cuando no esté ejerciendo su función.

La Schola Cantorum no es sino el conjunto de cantores, más o menos numeroso, y organizado de diferentes modos, incluyendo al cantor solista cuando es conveniente o necesario.

Hay que aclarar que al hablar de cantores o schola nos referimos a una entidad musical con una función y repertorio propios, distintos a los de la asamblea. No hay que confundirlo, por tanto, con el grupo de feligreses más animados que habitualmente lideran o ejecutan en solitario los cantos destinados a la asamblea.

Después de la lógica preeminencia del preste y el diácono, la Schola Cantorum es quizá el ministerio musical más venerable en la tradición litúrgica católica. Como ya he apuntado antes, hay noticias de ella por lo menos desde los tiempos de San Gregorio. A ella se debe el impulso inicial del canto litúrgico romano, que décadas más tarde cristalizará en el llamado canto gregoriano.

A todo esto hay que añadir la recomendación de Pío XI, en su carta apostólica Divini Cultus de 1928, de establecer coros de niños en todas las iglesias, también en las pequeñas (nº 16).

Pretender que la asamblea lo cante todo en la liturgia ha sido, además de una utopía imposible, un error y un incumplimiento de lo establecido por el Vaticano II y los documentos posteriores. Como ya dijo hace años un relevante autor eclesiástico español, la participación del pueblo ha costado un precio muy alto.

La desaparición del cantor o grupo de cantores, provistos de la mínima cualificación necesaria por sus conocimientos o por el tiempo disponible para ensayar, ha hundido las partes de la liturgia propias de la schola, que no pueden ser asumidas correctamente por la asamblea. Curiosa e irónicamente, lo que Musicam Sacram afirma en realidad es que, a partir de Sacrosanctum Concilium, la función de la capilla de música o schola cantorum ha alcanzado una importancia y un peso mayor (MS 19). Todos sabemos que, en muchos lugares, lo que se ha fomentado o impuesto ha sido la extinción de los coros que existían.

Por el contrario, lo que Musicam Sacram ciertamente establece es:

Se tendrán un «coro» o «capilla» o schola cantorum y se fomentará con diligencia, sobre todo en las catedrales y las demás iglesias mayores, en los seminarios y las casas de estudio de religiosos.

Es igualmente oportuno establecer tales coros, incluso modestos, en las iglesias pequeñas. (MS 19)

La función específica del cantor/schola es cantar las partes del Propio de la Misa, que por su variabilidad no pueden ser aprendidos por la asamblea. Y aquí me gustaría hacer una reflexión sobre este importante punto. El Propio de la Misa es algo pendiente en la liturgia reformada. El interés por la participación de la asamblea hizo que en la práctica el Propio se olvidara. A día de hoy, al menos en castellano, sigue sin existir una musicalización del Propio de la Misa, y menos aún divulgada en ediciones aprobadas y oficiales.

Por último, recordemos el punto 24 de la instrucción Musicam Sacram:

Además de la formación musical, se dará también a los miembros del coro una formación litúrgica y espiritual adecuada, de manera que, al desempeñar perfectamente su función religiosa, no aporten solamente más belleza a la acción sagrada y un excelente ejemplo a los fieles, sino que adquieran ellos mismos un verdadero fruto espiritual. (MS 24).

Hay que mencionar otro actor musical en la liturgia al que no suele hacerse referencia: el director de la schola y archivero. Históricamente esta función ha coincidido con el compositor, aunque no tiene que ser necesariamente así. A él le incumbe lo que dice SC 114:

Consérvese y cultívese con sumo cuidado el tesoro de la música sacra. Foméntense diligentemente las "Scholae cantorum", sobre todo en las iglesias catedrales.

A él, pues, le corresponde cuidar y administrar el ingente patrimonio de música litúrgica que la Iglesia ha creado a través de los siglos.

Sería erróneo incurrir en una división entre archivero-musicólogo y director-músico operativo. Eso supondría cortar el cauce de vida entre la música conservada en los archivos y la práctica litúrgica del aquí y el ahora.

Dos son las líneas principales de su trabajo: discernir el valor musical de las obras para poner en ellas el cuidado y la atención proporcionadas, y decidir qué puesto se les puede asignar en las celebraciones según la ordenación postconciliar.

Así, por ejemplo, se plantea la cuestión del gran número de misas polifónicas (para el Ordinario de la Misa) compuestas a lo largo de la historia, cuya abundancia se debe a la ventajosa proporción entre el mayor esfuerzo de su preparación y la mayor frecuencia de uso, por tratarse de textos fijos.

Actualmente se recomienda que el Ordinario sea cantado principalmente por la Asamblea, dado que son los textos que más fácilmente puede aprender y retener, junto con la música que se les aplique. De cara a la interpretación de las valiosísimas musicalizaciones polifónicas del Ordinario, el discernimiento no ha de ser sólo musical. Para que esto sea defendible no sólo musicalmente, sino también litúrgicamente, debe procurarse que la actuosa participatio de la asamblea no deje de producirse, enseñándole a poner la atención y el corazón en las palabras que el coro cante, al igual que se debe hacer cuando es la propia asamblea la que canta. De esto traté más ampliamente en este artículo anterior, cuya lectura encomiendo al lector curioso.

Publicado originalmente en el blog Con arpa de diez cuerdas, del portal InfoCatólica.

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar

  • El movimiento de reforma de la música religiosa (II): Europa

    • Raúl del Toro 06.03.2020 11:30
      Muchas gracias, Gerardo, por su visita y por su amable comentario.
       
    • Gerardo A. Tovar 05.03.2020 23:38
      Felicidades, maestro. Su trabajo es una luz en medio de la oscuridad.
       
    • RaúldelT 03.03.2020 21:55
      Hola, Miguel. Muchas gracias por su comentario. Un saludo desde este lado del océano.
       
    • Miguel P. Juárez 03.03.2020 18:52
      Excelente investigación del maestro Raúl del Toro